Imagínate que estás en el salón. O en tu habitación. Imagínate que estás leyendo esto, y que de repente, te apetece de manera insaciable un yogur de fresa. ¿Qué harías? Irías a la cocina, ¿verdad? Todos lo haríamos. Bueno, excepto los que no le gustan los yogures de fresa, como a mí, que irían a por un flan o unas natillas. El caso es que no sería un hecho importante, excepto por el hecho de que se te ha olvidado la cucharilla, y todos sabemos que sin cucharilla, no party. Te vuelves a levantar, y vas a la cocina expresamente a por la cucharilla que se te ha olvidado, con la mala fortuna de que, cuando llegas a la cocina, no te acuerdas de a por qué ibas.
Esto tiene una explicación muy sencilla, pero para ello tengo que empezar desde el principio:
Imagínate que estás en el salón. O en tu habitación. Imagínate que estás leyendo esto, y que de repente, te apetece de manera insaciable un yogur de fresa. ¿Qué harías? Irías a la cocina, ¿verdad? Todos lo haríamos. No sería un hecho importante, excepto por el hecho de que se te ha olvidado la cucharilla, y todos sabemos que sin cucharilla, no party. Te vuelves a levantar, te diriges a la cocina, y cuando llegas, te encuentras un alien en tu cocina. Sí, como lo lees, un alien. Cualquiera, hay muchos tipos. Tú estás demasiado ocupado cagándote encima como para preguntarte qué hace un bicho ahí, pero no tardarían mucho en llegar los Hombres de Negro, que se lo llevarían. Lógicamente, no te van a explicar nada, simplemente te harían mirar un neuralizador, que es un aparato que llevan con forma de consolador, y te borrarían la memoria con respecto al incidente alienígena, haciendo que te preguntes a por qué coño ibas a la cocina.
D.

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